Resulta que caminaba por unos jardines enormes, llenos de
flores muy bonitas, y de colores impresionantes, que no eran más que pinceladas
furiosas de un Monet primaveral. Mi atavío me resultaba desconcertante, pero esas faldas almidonadas
que usaba Camille eran imprescindibles en una escena tan típica de ese entonces. Un nene caminaba a mi lado, cortando las
mejores flores para hacerme un ramo, mientras yo me pavoneaba de una manera
inexplicable con mi sombrillita de alta dama. De pronto las flores eran todas
frutillas; campos enormes de frutillas que me incitaban a correr como enajenada,
tropezando muchas veces y salpicando mis pantalones de pulpa fresca. Eran
exquisitas y su fuente inacabable, las arrancaba y brotaban … Nada era real en
ese mundo chapoteado de rojo, salvo el molino que giraba con pereza, rezagado
allá en el fondo, indiferente a las ovejas que habían saltado la valla del
sueño para montar cometas que se elevasen infinitamente. Eso las distraía,
mientras yo esquilaba su lana bermeja y empollaba ovillos para contenerlo a él
en una red-pullovérica enorme que le impidiera escapar hacia la enormidad
silvestre, y como era necesario desorientarlo, le daba paraguazos en la cabeza
con la sombrilla de Camille, que aún conservaba en ese episodio los 70. Ignoro de quién se trataba, e ignoro también
los motivos que me inducían a recluirlo, pero sospecho que en esos campos de
frutilla no había otra cosa que hacer para perder el tiempo. Sin embargo, pronto
vi agotado este recurso, y quise regresar a los paseos de antaño por el jardín
floreado, que concluían con algún picnic en la buena compañía de esas mujeres
lozanas que bordaban, pero al volver me hallé en mi lecho fúnebre, con el semblante
gris y amortajada en colores fríos, y entendí que los óleos de Camille habían pasado la historia. De modo que
aguardé la hora del alba, esperando que el canto de los gallos me rescatara de
esa pradera imposible y con vapores de opio…y lo hago vanamente, porque aun
tras relatar esta sucesión inexplicable,
sigo contemplando las nubes retorcidas, las ovejas, mi cautivo enlanado
aferrando un ramo de flores, las ramas rastreras que se enredan en mis
extremidades y me adornan con sus borlas rúbeas como a un árbol de navidad…
¿Despertaré, alguna vez?
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